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jueves, 25 de agosto de 2011

Cuentos de la Buenos Aires - Antihéroes

Esto me lo pasó mi hija, va un beso para ella:

I - Corrientes, por la noche

Caída entre los grandes edificios cúbicos, con panoramas de pollos a “lo spiedo”y salas doradas, y puestos de cocaína, y vestíbulos de teatros ¡qué maravillosamente atorranta es por la noche la calle Corrientes!

¡Qué linda y qué vaga!

Más que calle parece una cosa viva, una creación que rezuma cordialidad por todos los poros; calle nuestra, la sola calle que tiene alma en esta ciudad, la única que es acogedora, amablemente acogedora, como una mujer trivial, y más linda por eso.

¡Corrientes, por la noche! Mientras las otras calles honestas duermen para despertarse a las seis de la mañana, Corrientes la calle vagabunda, enciende a las siete de la tarde sus letreros luminosos y, enguirnaldada de rectángulos verdes, rojos y azules, lanza a las murallas blancas sus reflejos de azul metileno, sus amarillos de ácido pícrico, como el glorioso desafío de un piroctécnico.

Bajo estas luces fantasmagóricas, mujeres estilizadas como las que dibuja Sirio, pasan encendiendo un volcán de deseos en los vagos cuellos duros que se oxidan en las mesas de los cafés saturados de “jazz band”

Roberto Arlt (1900 – 1942)
en Aguafuertes porteñas, 1928















II - Balada de la oficina


Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. Él está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. Entra. No repares en el sol. Tienes el domingo para bebértelo todo y golosamente, como un vaso de rubia cerveza en una tarde de calor. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra. En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se lo siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles... f... f... f... f... El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú entra.

Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.

¿Qué podrías hacer en la calle? ¿No tienes vergüenza, estúpido sentimental, regodearte con el sol como un anciano blanco, y esqueletoso, y centenario? ¿No te humilla, en tu actual situación de muchacho fornido, dejarte forrar por el viento como una hoja dentro de un remolino?...

Entra; así tendrás la certeza —que dará paz a tu espíritu— de obtener todos los días pan para tu boca y para la boca de tus pequeñuelos. ¡Tus pequeñuelos, tus hijos, los hijos de tu carne y de tu alma y de la carne y del alma de la compañera que hace contigo el camino! Yo te daré para ellos pan y leche; no temas; mientras tú estés en mi seno, y no desgarres las prescripciones que tú sabes, jamás faltará a tus pequeñuelos, ¡los pobres!, ni pan, ni leche, para sus ávidas bocas. Entra; acuérdate de ellos; entra.

Además, cumplirás con tu deber. Tu Deber. ¿Entiendes? El trabajo no deshonra, sino que ennoblece. La Vida es un Deber. El hombre ha nacido para trabajar.

Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí….
Roberto Mariani (1925)
Cuentos de la oficina

Buenos Aires Ameghino - 1998.



















Roberto Mariani, el poeta anónimo de La Boca

Mariani nació en el barrio de La Boca en julio de 1893, y se dedicó tempranamente al oficio de periodista en el diario Los Andes, de Mendoza. En esa provincia también hizo sus primeras incursiones en la literatura: escribió su primer libro de poemas Las acequias, y publicó relatos en el periódico La semana. En 1920 regresó a Buenos Aires y se empleó en el Banco de la Nación, de donde fue despedido dos años mas tarde por “intentar agremiar con literatura anarquista a los empleados de su oficina”.

Colaboró en el periódico Nueva Era, germen del ferviente apoyo a la revolución bolchevique donde publicó El amor grotesco; y fundó una asociación de amigos de Rusia que enviaba a Moscú literatura criolla revolucionaria. Anarquista, solitario, misterioso, participó de las tertulias del grupo de Boedo donde compartió junto con Roberto Arlt y Roberto Payró el espacio de creación de esa redacción.

Elías Castelnuevo cuenta : Cuando casi todos nosotros, y yo mismo, descreímos del autor de Los siete Locos, Mariani lo defendía con vehemencia y lo cuidaba de las críticas. Recuerdo que corregía sus textos para librarlos de los errores gramaticales tan comunes en Arlt.

En 1925 apareció Cuentos de la oficina, relatos que le dieron una rápida notoriedad de la que Mariani pareció el primer sorprendido. Es, según los críticos, su libro mejor estructurado, el que instala en la narrativa argentina la tipología del hombre de clase media, temeroso por perder prestigio y dispuesto a la humillación para conseguir un ascenso. Cuentos de la oficina recobra hoy una inquietante vigencia: los “proletarios de cuello duro”, como él mismo los definió en sus cuentos, describen los días de Mariani como empleado bancario y revelan las finas tramas mentales de la explotación entre hombres de saco y corbata.

El diario Crítica publicó en 1927 un artículo de Mariani sobre el caso Sacco y Vanzetti:Es injusto condenar a inocentes, pero más injusto, muchísimo mas injusto todavía, es someter a un hombre a una horrible incertidumbre durante siete años. Opino que aunque Sacco y Vanzetti fuesen culpables merecen la libertad, porque ya han cumplido una pena capaz de purgar cualquier delito. Aun más porque ningún crimen merece esa pena.

El golpe que derrocó a Irigoyen en 1930 encontró al escritor en la Patagonia, donde urgido por necesidades económicas había viajado para trabajar de choffer.

Desde Esquel escribía cartas a sus amigos lamentando el golpe “reaccionario y antipopular” que sacudió a la Argentina de ese entonces. De regreso en Buenos Aires, Mariani comenzó a esperar a la muerte.Empezó a sentirse cada vez mas cerca de los desposeídos y los miserables, pero a la vez se sentía absolutamente impotente siquiera para predecir un mundo mejor. Se convirtió en un observador incapaz de emitir juicios, se fue volviendo silencioso y completamente escéptico.

Osvaldo Soriano lo recuerda: “Roberto Mariani fue uno de los mas brillantes narradores del infortunio y la desesperación y quizá por eso su obra estaba destinaba a esfumarse de la historia de la literatura".
Por: Pilar Molina
(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°05)

miércoles, 11 de mayo de 2011

El Eternauta – Precuelas: Alguien Los Vio

EL ETERNAUTA – PRECUELAS:
ALGUIEN LOS VIO
Primera Parte. Día 3.
Los vi en uno de mis viajes.
Son Ellos, el Odio Cósmico. El azote de Dios en las inmensidades del espacio.
Cuando atacan lo hacen con total decisión. No perdonan. No perdonaron a los manos, ni a los gurbos. Ni siquiera perdonaron a los pacíficos cascarudos. A todos los usan para sus fines bélicos.

Apenas pude escapar cuando los vi. La cosmonave de ellos tardó en reaccionar y eso me dio una leve ventaja. Pero temo que me hayan seguido. Temo que hayan descubierto el paraíso que es la tierra.

Ni siquiera estuve tranquilo cuando aterricé la torre en la casa de San Isidro. Ni siquiera me tranquilizaron los mates del amigo Luna. Siento la electricidad en el aire. Siento culpa de haber traído al Odio Cósmico hasta nuestro planeta.

No le cuento a Luna. No conviene. Sería preocuparlo demasiado. Lo que tengo que hacer es contactarme con el grupo que me señaló la supercomputadora de la cosmonave.

Es un grupo de gente que ya peleó contra unos invasores hace muy poco. Apenas unos tres o cuatro años. Pero estos invasores son infinitamente más poderosos que aquellos. De todos modos, si puedo darles una mano, si puedo advertirles, tal vez consigamos armar un frente contra la invasión que viene. Tengo que contactarlos cuanto antes.

Tengo miedo. Los pargas son infantes al lado del Odio Cósmico. Tengo que saber cómo jugar bien las cartas que tengo.

Segunda Parte. Día 10.
Todo fue inútil. Traté de contactar a Rolo. Él y sus amigos estuvieron incluso peleando en Marte, contra los pargas. Su experiencia era necesaria. Pero todo fue inútil.

Me levanté temprano y desayuné con Luna. El fin de semana pasado, mientras tomábamos unos mates le hice el comentario de que tenía que contactar con el grupo por una tarea sumamente importante. No le mencioné cual, porque no quiero que se asuste. Esto es mucho más pesado que todo lo que hemos enfrentado anteriormente. Luna contrariamente a lo que ocurre siempre no demostró curiosidad. Simplemente me dejó ir, mientras él se ocupaba de las tareas de botánica en el jardín de la casona.

Cuando llegué al club, me llamó la atención el horror que se vivía. Hacía unas horas que había quedado un terreno baldío en el lugar. Todo olía a quemado. Algunos dicen que fue un escape de gas. Otros, que pareció una bomba. La cosa es que hacía unas pocas horas el club había volado por los aires.

Los bomberos pudieron encontrar los restos de cuatro cadáveres. Respondían a las descripciones de “Fideo” Ribas, tipógrafo y secretario del club; el tesorero “Crema” Pérez y “Mediavaca” Arrastía, un peón de frigorífico. Estos eran los posibles identificados. Había otro, que podía ser el presidente Rolo o el vicepresidente "Fierro" Lara. Ambos tienen una contextura parecida.

Me di cuenta que tenía que contactar al sobreviviente. Para eso me dirigí a la escuela donde Rolo es maestro. Allí la desazón se confirmó. Me informaron que Rolo fue víctima de un robo hace dos días. Perdió la vida por un disparo al pecho.

Evidentemente esto no es casualidad. Alguien estaba interesado en que no contactara a este grupo. El cerco se cierra y las posibilidades se limitan cada vez más.

Tercera Parte. Día 20.
Estuve consultando la supercomputadora de la cosmonave. Hay una esperanza. Muy baja, muy pequeña, pero esperanza al fin. Podría tener un aliado.

En Inglaterra. Existe un hombre aparentemente inmortal que ha transitado a través de los tiempos. Desde la batalla de las Termópilas hasta la de Verdun. Se llama Mort Cinder. Creo que podré contactarlo. El problema es que aún no despierta de su último sueño. Cae en un sueño profundo. Una muerte. Hasta que algo lo despierta. Si pudiera llegar hasta él, sería un aliado excepcional.

Tengo que hacer ese viaje para buscarlo.

Cuarta Parte. Día 45.
Otra esperanza trunca. La tumba de Mort Cinder fue descubierta y su cuerpo fue destrozado. No hay manera ni remota, de que vuelva a la vida nuevamente. Aparentemente un científico que está en contacto con el Odio Cósmico, lidera un grupo de humanoides. Unos seres que alguna vez fueron humanos y hoy transitan por la vida con ojos de plomo. Hombres robots que obedecen a su creador. Ellos lo identificaron y en unos instantes toda una trayectoria de siglos, de milenios, dejó de existir como un suspiro.

Cuando llegué a las afueras de Londres con mi cosmonave me enteré de esta triste noticia. Al mismo tiempo y no entiendo aún (y no creo que vaya a entender alguna vez, dado el poco tiempo del que dispongo) un anciano anticuario fue muerto a garrotazos por estas bestias. Se llamaba Ezra Winston. No entiendo la conexión, aunque sospecho que algo iban a tener algo que ver estos dos en un futuro no muy lejano. Tengo la impresión que se ha alterado el continuum, con lo cual ese futuro ya es imposible. Ahora todo se hace inútil. Debo volver a San Isidro cuanto antes.
Los tiempos se acortan y yo voy de fracaso en fracaso.

Quinta Parte. Día 120.
Pude consultar nuevamente la supercomputadora de la cosmonave. Existe un grupo de personas que pueden ayudarme. La esperanza es muy débil pero existe. Si puedo alertarlos de algún modo, tal vez puedan ser útiles. Son personas comunes. Un tornero, un pequeño fabricante de transformadores, un profesor universitario... gente aislada pero con muchísimo potencial.

Pero antes de esto debo contactar a otra persona mucho más valiosa. Más que otra persona, es otra versión de la persona que formará parte de ese grupo. Existe una anomalía en los continuum espacio temporales. Alterar esto es un problema muy grave para el Universo. Pude captar la anomalía con la supercomputadora. Debo interceptar a este individuo, un escritor, para que me ayude con su otro yo y con sus amigos. Estoy seguro que si los pudiera juntar, y de hecho soy muy capaz de hacerlo, tendrían grandes posibilidades de triunfar. No sin un gran esfuerzo y pérdida de vidas. Pero seguro que es más que la esperanza que tendrán si no lo hago.

Me decido a explicarle esto al amigo Luna. Mañana temprano. Él seguro que me ayudará en la tarea que tengo por delante. Necesitaré toda la ayuda posible.

Sexta Parte. Día 121.
El cuerpo yace al lado de la supercomputadora. Dentro de la cosmonave. Está tirado y con la cabeza rota. Del cráneo abierto sale un líquido espeso color rojo oscuro y parte de la masa encefálica se desparrama por el piso. El hombre a su lado tiene en sus manos el atizador de la chimenea de la residencia. Se frota la nariz. Luego se acerca a la supercomputadora y radia el mensaje a la flota invasora. Si pudiera leerse en un lenguaje que todos entendiéramos diría:

"Ya terminé con el obstáculo que se oponía a nuestros planes. El sujeto está eliminado. No tiene sentido que prosiga con mi disfraz de Julio Luna. Me lo quitaré y partiré con la cosmonave hacia ustedes. El grupo no ha sido alertado. Desgraciadamente no pude averiguar la posición para ultimarlos. Pero considero que no serán demasiado escollo para la invasión dado que ignoran los detalles. La invasión puede proseguir sin retrasos. En los próximos días estaré nuevamente con ustedes para asumir mi posición de combate. Hasta la victoria!"

Hecho esto, Luna se saca el disfraz que lo contiene y se prepara para partir, pensando que la invasión, en gran parte gracias a él, será todo un éxito.

FIN

viernes, 3 de diciembre de 2010

El Encuentro

Cuando aparezco, como siempre, tardo un poco en aclimatarme. Reviso mi reloj espaciotemporal y descubro que aunque aún dañado me brinda alguna información imprescindible. La fecha: la tarde del sábado 6 de julio de 1957, el lugar no es preciso. Es algún sitio del centro de Inglaterra. Puede ser Entre Manchester y Liverpool. Demasiado al norte para ser Birmingham y un poco al sur para ser Blackpool. Definitivamente no es Dublin. Estoy en un parque en las afueras de alguna ciudad populosa. Por lo que puedo observar, es un campo grande donde unos jóvenes de 15 o 16 años se reunen a tocar música, comer, tomar algo de cerveza y perseguir chicas. Nada extraño aparentemente. Desgraciadamente no tengo aún comunicación con la base.

No sé muy bien qué hago aquí ni cual es mi misión. Por lo que veo en mi reloj, aún dañado luego de mi última aventura, sólo tengo que observar y registrar en mi espectograbadora lo que ocurra. Aparentemente será algo importante. El color verde de la esfera informativa, me indicaría que mi misión es de observación y registro. No tendré participación activa.

El color también verde del reborde del aparato indica que no hay peligro evidente. Pero no sería la primera vez que fallara. La última vez que aparecí en lo que parecía ser una jornada apacible, se tornó de repente en el Domingo Rojo de San Petersburgo. Salve mi vida por unos pocos pelos. Allí se dañó, en una caída, el dispositivo espaciotemporal. Trataré de ser más prudente esta vez. También debo pedir a los Guardianes que arreglen definitivamente este aparato o me lo cambien por la nueva versión 5.2. Tengo entendido que Wilked y Zukami ya la tienen. Privilegios de trabajar cerca de la Fuente, pienso.

Coloco las coordenadas en posición, ajusto los comandos traductores para adaptar mi idioma. De esa manera puedo escuchar y hablar de forma de hacerme entender. No sólo me permite hablar en el idioma local, sino que también adapta la entonación adecuada para que parezca un coterráneo. El único inconveniente es que tarda unos minutos. No más de 5 , 10 como mucho, al estar dañado el aparato. Afortunadamente no tengo apuro en este caso, por lo que no me traerá problemas esta vez. Estoy solo en alrededor de 40 o 50 metros. Nadie se dará cuenta de que no soy de aquí.

Al cabo de un rato, me dirijo a la multitud. Mis ropas y mi apariencia (una imagen holográfica que se antepone ante mi propia persona y que permite engañar perfectamente al que sea mi interlocutor) también han cambiado en el viaje. Aparento ser un adolescente de 16 o 17 (un poco mayor que el resto. La ropa al menos, a juzgar por el resto de la gente es la adecuada.

Hay un joven que, entre los demás, tiene un carisma fuera de lo normal. Magnético. Me acerco disimuladamente a él y escucho lo que hablan.

Hablan de música. Él dice que puede sacar cualquier tema en guitarra con solo oirlo una vez por la radio. Los demás no le creen demasiado. El joven toma una guitarra y practica habilmente unos acordes. Las chicas están extasiadas. El muchacho tendrá unos 15 años, lleva, como la mayoría en aquel lugar, un pantalón de jean bien azul, camisa blanca y zapatos negros. Algunos traen corbata, otros nada. Camisa abierta. El muchacho en cuestión lleva una corbata azul muy angosta. Tiene las mejillas rosadas y el jopo negro cuidadosamente levantado. Ejerce un imán que atrae a los que estan a su alrededor. La mayoría tienen un jopo desprolijo en el pelo revuelto. Todo en el chico parece cuidadosamente estudiado.

De repente todos prestan atención a un escenario improvisado. Unos chicos de la misma edad que los asistentes, bastante desprolijos por cierto, arremeten con un sonido tanto o más descuidado que su apariencia. La música es un poco confusa y bulliciosa. Me entero por algunos comentarios que se llama "Skiffle". Es una mezcla de folk, jazz y blues, con preponderancia del Folk.

Veo que en el escenario se alternan dos guitarras un banjo, una batería, un contrabajo y algo que parece una tabla de lavar. Todo muy confuso y muy poco claro. Obviamente que estoy grabando lo que hacen. También los comentarios de alrededor. Varios están eufóricos por este barullo. El chico a mi lado parece admirado por lo que escucha y ve. Las mujeres, unas niñas apenas, lo rodean y también gritan un poco saltando como locas. El clima es un tanto enrarecido a pesar de que no abunda el alcohol. Pero se fuma bastante.

La batería suena realmente mal. Fuerte. Fuera de tono y ritmo. Lo único que se puede decir que sirve de todo esto es la voz del cantante y su guitarra. Aunque muestra más entusiasmo que habilidad. Pero hay algo ejerce una atracción sobrenatural en ese chico. Parece algo mayor que el resto, pero su cara es de niño también. Pero es un niño de aperiencia un poco más peligrosa que el del resto de la concurrencia. Da la impresión de ser más duro y está evidentemente bastante borracho, dentro de lo que se puede estar.

Tiene el pelo de un rubio oscuro, se nota por como achica los ojos que es bastante miope. Igualemente puede ser un efecto de la borrachera. Aunque no está tan borracho como quiere aparentar. Lleva, a diferencia de la mayoría de la banda que tienen camisas blancas, una camisa a cuadros blancos y rojos. El pantalón es similar al del resto de los asistentes e instrumentistas del grupo.

Este chico también tiene un imán. Lo reitero porque es muy notable. Es dueño del escenario aún cuando evidentemente no domina tan bien su instrumento. Se podría decir que es ambicioso más que efectivo. Pero se lo nota muy ambicioso, por cierto. También hay que decir que es un líder nato. Por agresividad y porque quiere, más que por otra cosa. En cambio el muchacho que está a mi lado, podría ser un líder pero por carisma, por simpatía, que es muy distinto. De uno se podría decir que tiene cierta demagogia. Del otro sería imposible afirmar algo así.

El del Escenario canta una canción que, por lo que puedo entender entre el ruido que se mezcla (debo afirmar que hay un par que meten un ruido bastante molesto) habla de hacer las cosas con estilo. La letra de la canción no tiene demasiado sentido, la verdad. Le pregunto a una chica que tengo a mi lado y me dice que se llama "Putting on the style". Vaya uno a saber.

Luego de un par de canciones más, la banda se detiene a recargar los tanques. El cantante principal, de nombre John, lo sé porque un par lo saludan a los gritos, como buscando su aprobación; baja del escenario y vaso de cerveza en mano, se dirije hacia donde estoy. Me mira desafiante y por un momento tengo miedo de que empiece una pelea. Se encamina al muchacho que tengo a mi lado, que entiendo por lo que dice un amigo que tiene a su lado, Ivan, que se llama James.

Por suerte, al notar como toca la guitarra James, John desvía su atención de mí. Igualmente presiento que no le gusta mucho el chico. Tengo la sensación que hay competencia. James por su parte, si lo nota, acrecienta el sentimiento de John ya que se emplea más a fondo para agradar a todos, pero principalmente al elemento femenino.

James toca una canción bastante conocida por todos. Se llama "Twenty Flight Rock" de Eddie Cochran. Si tengo que hacer una evaluación diría que James muestra más destreza en el canto y en la guitarra que John. Pero este genera un magnetismo muy especial que se basa no solo en el talento sino en la actitud violenta que despliega. De todos modos, como dije, James es bastante más habil y tiene mejor voz. Bueno, claro, para empezar está sobrio. Se nota el afán de agradar que tiene. Si lo describiera diría que es el "chico lindo" que toda madre desea para sí y para sus hijas. Todo lo contrario de John que tiene aspecto de pendenciero. Creo que muchas chicas lo desearían para ellas a pesar de sus madres. Comentario irónico, anoto.

En un momento John, un tanto aletargado, le pone un brazo en el hombro a James y rumorea algo al oído. Acá vienen las trompadas, pienso. Pero en cambio de eso, James lo mira (se nota que le molesta un poco el olor a alcohol del otro) y dice algo gracioso. Todos ríen. John parece divertido. Pero se percibe que lo está midiendo. Esto puede terminar muy mal, pienso. Desgraciadamente no pude registrar el diálogo producido.

James hace un comentario que relaja el clima entre él y John. Le dice que puede tocar bien "Be Bop A Lula". John no le cree. James le explica que no sólo sabe bien la letra, sino los acordes.

John lo desafía a tocarla.

James toma la guitarra y ensaya el "ueeeeeeehhh" del principio. A continuación toca bastante habilmente, mucho más que lo que ha mostrado el resto hasta ahora, la canción de Gene Vincent. A John se lo nota levemente complacido. Es evidente que James supo romper el hielo y seducir al rival con una canción que se percibe claramente es del gusto de John y del resto de los chicos. La pequeña audiencia que se formó alrededor de ellos ya está en el bolsillo de James. John se termina de rendir cuando el otro le promete escribir la canción para él en un papel. Además deja un dato muy alentador al grupo: James parece ser el único del grupo de chicos en saber afinar una guitarra.

Cuando se termina la pequeña reunión, el auditorio se desbanda. Unos van por tragos y otros detrás de las chicas. En el primer grupo está John. En el segundo James. Sigo a este último y trato de alcanzarlo. Espero que termine ya que está avanzando a una adolescente de unos 14 años.

A los pocos minutos la chica se va y cuando estoy por acercarme, aparecen dos de los muchachos amigos. Uno se llama Peter, el otro es Ivan, el que vino con James. Le comentan que John está interesado en que ingrese al grupo. Se llaman los Quarrymen. James no tiene inconvenientes. Se ve interesado. Pero tendrá que ser luego de que regrese de unas vacaciones en el sur con su familia. Ellos le responden que no habrá problemas. Se van corriendo y riendo. En el fondo se nota que son solo unos niños de 15 años.

Me acerco a James y lo felicito por como toca y canta. Él me mira con sus grandes ojos y con gran simpatía me agradece y me dice que nadie salvo Ivan le dice James. Y agrega que todos lo conocen por su segundo nombre, Paul. Me saluda amablemente y se retira.

Entonces empiezo a entender. John, Paul, The Quarrymen... debo estar en Liverpool... estos chicos llegarán muy lejos, pienso.

Tengo todo registrado. Me dirijo a un descampado tarareando una melodía un tanto avanzada para la época y me preparo para que me teletrasporten a la próxima experiencia. Mientras lo hago pienso que estoy en un río con árboles de mandarinas y cielos de mermelada. Desde lejos siento que una niña con ojos de caleidoscopio me llama. Hoy, me doy cuenta soy muy feliz.




Sr. Cairo

Buenos Aires – Diciembre de 2010

viernes, 12 de junio de 2009

Preludio Mortal

Titulo: "Preludio Mortal"
Autor: Felipe R. Avila
Cuento, dividido en tres partes.
Escrito en abril de 2005





(I)
¡Qué día inolvidable hoy! Ironizó. Y el pensamiento quedó como corolario de un día de mucho trabajo en el banco. También, sólo a los de las sucursales se les ocurre mandar dos giros después de hora, y encima en un día viernes...
Se rascó la cabeza, mecánicamente, como hacía cada vez que comenzaba a guardar sus cosas hasta el otro día.
Una especie de mini-inventario de su escritorio. Todo estaba y debía quedar en orden. El esponjero a la izquierda, el calendario con el día lunes para tenerlo listo apenas entre, la cajita metálica del tintero del sello. Recién se daba cuenta ahora: nunca se había fijado adentro, levantó la tapa y leyó: "¡Reentintar solamente con tinta de sellar Pelikan!"
Vaya, era toda una orden, más que una precaución. Encima venía en cuatro idiomas, una sobre la otra.
De abajo hacia arriba: en francés, en inglés y...en segundo término-luego del castellano- en alemán. "Ah"-pensó- ,ahí está. Muy bien. En el idioma natal".
se leía:
"Kissen nur mit Pelikan - stempelfarbe nachtränken!
Ah...qué idioma...en cambio la del gallego Ordoñez,-buscó con la mirada el escritorio de al lado- marca: "señorita" uffffff.... "Industria Argentina"...bueh, eso sí. TODO decía "Industria Argentina",qué novedad. Los broches Nº7,"Calidad Superior", las arandelas de cartón, los biblioratos...Prendió un pucho, pitó profundo...más que un aletargado e inútil relevamiento, se dio cuenta que estaba en realidad haciendo tiempo. "Absurdo, si a mi me encanta ir"-pensó-y se llevó el cigarro a la boca.
¡Chau, Lucas! lo saludo uno, pero sin esperar la respuesta ya estaba lejos, ya fichaba y salía a la calle. Lucas en cambio seguía como clavado a su escritorio.¿Qué le estaba pasando?
Almohadillas, sellos al cajón, " 100 broches tipo Binder, especiales para expedientes" leyó...¿Qué le estaba pasando hoy? Parece...-pensó o tal vez lo dijo en un susurro- parece que no me quiero ir, que no puedo...como si fuera muy importante esto, para tanto relevamiento. Como si fuera la última vez que lo voy a ver"
Todos los días reflexionaba en la "hora del té" (los minutos de descanso que le daban)sobre la rutina agobiante en la que estaba metido desde casi 30 años...Lucas había entrado joven al banco y de pronto los días y los años se habían ido como en esos programas de radio que relataban partidos de la selección, o esas carreras de autos los domingos...
Se llevó la mano suavemente al entrecejo, presionó despacio, cerró los ojos, se volvió a colocar los anteojos, y de pronto se los quitó:"ya es hora, caray" fue lo último que se dijo antes de enfilar para el baño, salida rutinaria y previa al abordaje de la calle.

(II)
Afuera hacía frío. Volvió a entrar.Fue hasta el escritorio y se dio cuenta el porqué: la foto. La había dejado afuera y no adentro del segundo cajón.La foto, la foto amarillenta de Natalia. ¿Cuánto hacía ya...? ¿Doce o trece años que se había ido?
"Por suerte nadie la tocó-pensó-y ya está, hasta el lunes, mamita..." Le dio un suave beso, que marcó el vidrio con vapor. Parecía aliviado pero enseguida: "La muerte es una mierda, y Dios no existe o está distraído en tonterías".Fue esa la única reflexión sobre la inutilidad o estupidez de una muerte joven, la de su esposa Natalia,"mamita", la que no había sido ni sería jamás reemplazada en su corazón de raíces teutonas. El abuelo de Lucas, Hans Herbert, le había enseñado su etimología: "Herbert" viene de "Hari",ejército, y de "Bercht",famoso o brillante. Es decir: "el brillo del ejército", o "ejército famoso o brillante".La realidad es que Hans Herbert, el abuelo de Lucas, escapando de la derrota en la Primera Guerra Mundial, había llegado a la Argentina, allá por el año 16. Lucas entró al país con siete años, muy chico, y nunca olvidó sus raíces, aunque si el idioma natal: por lo menos en la dicción, Lucas era más porteño que sus amigos.
Caminó despacio. Hoy todo en él parecía lento, despacioso. Aletargado. Como si cada paso no quisiera despegarse del suelo, de esas veredas que desde hacía casi treinta años venía pisando todos los días. Tomó el colectivo, llegó a su casa. No tenía hambre, pero se obligó a una taza de mate cocido caliente. Para tener energías, "sino aquellos hoy me despluman. Me agarran lento...¿qué me está pasando?
¿Me estaré por pescar algo, alguna gripe?" Miró el almanaque de la Panadería "La espiga dorada", con esa imagen horrible, de un payaso. "No se por qué lo agarro... bah, si se. Todos los días miro el almanaque, cuento los días para llegar, los días que pasan, los que me faltan para volver a..."
El teléfono sonó de pronto, cortando la amargura: era el amigo, que le decía de pasar a buscarlo. Entonces fue al baño, se lavó la cara, se cambió de ropa. A la media hora estaba - puntual como siempre - el viejo amigo del barrio, de tantos años. Un "ya va, ché" lo hizo quedarse en la entrada mirando para la vereda. Hacía frío. Cada vez más. La pucha que sí.
"¿Pensás que caerá nieve, ché?" -le dijo el amigo a Lucas, apenas abierta la puerta. Lucas sonríó. El comentario no ameritaba ni una risa leve, así que se fueron caminando directo para la casa, como todos los viernes, donde se reunían para jugar al truco; vieja excusa de la amistad para reunirlos aunque fuera un rato.

(III)
El dueño de casa los recibió sonriendo. Afuera se escuchó la risotada del más grueso de los cuatro, el de anteojos, que reía al verlos entrar tiritando.
"- Viejo, no dejés pasar a esos zaparrastrosos"-bromeó.
"- Callate, muerto de hambre"-le retrucó el más viejo, el que venía caminando con Lucas, al gordo de vozarrón grave.
"- Muerto de hambre" no creo, pero ustedes ¡qué hablan,"muertos de frío!",je, je, je.
Las bromas amables de aquellos años, a comienzos de la década del sesenta, entre amigos. Cuatro hombres que se reunían para pasar la noche jugando a las barajas, al Truco, con cigarrillos, café y algunos tragos.
"- Ya les dejé todo cerca, para que no se molesten" dijo Elena, a los cuatro, con ese tono maternal que lucía siempre.
"- Gracias, Elena, tan amable como siempre. No se cómo fue que te conquistó este, pero ya lo admiro" dijo el grandote, con una sonrisa.
“- Dejate de jorobar, Fava, quién te enseñó que los hombres somos los que elegimos a las mujeres?-dijo Juan, en plan de chanzas.
Todos rieron. Polsky fue directo al altillo, como siempre, el primero en llegar y en irse. Los violines que estaba terminando lo saludaron con un leve balanceo, al abrir la puerta.
"- Lucas, vení, ayudame". Pidió Juan, para armar la mesa y poner las sillas en su sitio.
"- Voy", dijo seca pero amablemente Lucas, y se dio cuenta por qué las amarguras se le borraban un poco, ese rato, esas horas que estaban juntos, en esa tradición viril de la amistad, la confianza, la competencia leal, el juego de mesa entre compañeros.
Paso un rato. el juego avanzo. Elena dormía hacía rato y ni que hablar de "la heredera", Martita, la nena de largos cabellos rubios, abrazada hacia horas a su osito de peluche.
La mano venía fenómena para Juan. En eso, cuando estaba por cantar, sintieron un ruido. Afuera una pareja le escapaba al frío y se oía el taconear apurado. Un colectivo dobló por la esquina.
Faltaban pocos minutos para que comenzara a caer la nevada radiactiva, y esto era sólo el preludio a tanta muerte.
Y a tanto coraje, tanto valor para sobrevivir. Juntos.

Felipe Avila.
Felipe es un gran amigo que además es un tipo muy interesante pues tiene grandes talentos. Se los puede vislumbrar en su blog "Alegría de hacer" del cual soy su primer seguidor: http://felipericardoavila.blogspot.com/

martes, 26 de mayo de 2009

Estación

* Basado en un capítulo de la serie "The Twiligth Zone".
"Todos sabemos que fue
un verano descalzo y rubio "













El hombre estaba cansado.
Se sentó en el último asiento del vagón.
El traqueteo del tren lo adormeció.
Las estaciones se sucedían. Él sabía que debía bajar en la última estación.
El hombre estaba cansado. Se sentía apesadumbrado. Estaba decepcionado de la vida que había llevado. Sus mejores tiempos habían pasado. Ahora estaba en franca decadencia. La rutina lo agobiaba. Su depresión no se arreglaba durmiendo. Los años lo habían alcanzado. Se sentía vencido.

Todos las tardes antes de caer la noche tomaba el tren que lo llevaba a su casa. Trenes que iban de Londres a Colchester y vuelta. El National Express East Anglia. Siempre la misma rutina. Siempre la misma estación, las mismas caras. No era como en su infancia. Con esos colores y aromas de primavera. Ahora era distinto.El gris era el color dominante. Y ese insoportable olor a viejo y a humedad. Hace tiempo que las cosas no eran como a él le gustaban. Como solían serlo en su juventud.

De repente, un día, se encontró en una estación diferente al resto. Estación "Wallaby". No entendía bien ya que era una estación desconocida en su ruta habitual. Pero por algún motivo no interesaba. Niños jugando al borde del andén, con globos de colores y cucuruchos de helados que presagiaban el dulce banquete de la tarde luego de la escuela. Era un paisaje totalmente anacrónico. Parecía que estuvieran filmando una película de época. Y a la vez se veía tan real. Había mujeres alegres y hombres despreocupados rondando por la estación. Casi era un sueño. Como en su infancia. Todo era simple y hermoso nuevamente.

El hombre apenas pudo empezar a abrir los ojos para ver mejor todo esto, cuando el tren comenzó a andar nuevamente. Allá se perdía la estación "Wallaby" con sus colores y sus aromas. Todo volvía a ser gris. Era viejo nuevamente.

Tuvo una sensación de cansancio y abandono más fuerte aún que antes. Porque se daba cuenta de todo lo que había perdido.

Llegó a su hogar y encendió la luz. Olía a viejo y abandonado. Estaba solo como siempre. Desde que Edna se llevó a los niños hacía más de 15 años. No los había vuelto a ver. Nada sabía de ellos. Comió lo que había comprado casi sin saborear. Era mejor dado el gusto que solía tener la dudosa pasta que compraba para saciar su apetito. Luego se acostó y se preparó para la gris rutina de la gris mañana del día siguiente. Gris también.

Por la mañana llovía un poco. Esa humedad que molestaba más de lo que mojaba. Hacía un frío húmedo. Algunas parejas aprovechaban para escaparle a la rutina diaria robándole unas minutos y culpando luego al tránsito lento. Pero él vivía una existencia gris que no permitía distracciones de ningún tipo. Su rutina nunca se veía interrumpida por recreos.

A la ida, buscó la estación y no la encontró. Debió haber sido un sueño, se dijo. Se metió en el ministerio gris y se ocupó de sus tareas grises durante un día totalmente gris.

Cuando salió, nuevamente al tren. Se quedaba dormido invariablemente con el suave traqueteo. De repente, otra vez. Entreabrió los ojos y allí estaba. El sol brillaba alumbrando a los niños que corrían con sus helados y sus globos. No había grises. No había lluvia. No había tristezas. Una mujer hermosa le sonreía. Como invitándolo a bajar. Se parecía a Edna cuando recién la había conocido. Era realmente hermosa. Estación Wallaby.

La tentación de bajar fue muy fuerte. Pero hacía mucho tiempo que no rompía su rutina gris. Estaba como clavado en su asiento. Cuando pensó en bajar, nada más abrió los ojos y se empezó a incorporar, el tren arrancó nuevamente. Atrás quedaba la belleza de un pasado remoto. El gris invadía otra vez su rutina y su vida.

La mujer que tenía en el asiento de al lado, nada que ver con la otra, la bella mujer que le recordaba a Edna, se sorprendió cuando el hombre le preguntó si había visto la estación Wallaby. Lo miró extrañamente y murmuró por lo bajo que evidentemente el hombre estaba trastornado. Ella no había visto nada ni quería ver nada. Ella no se metía con nadie. No quería problemas de ningún tipo.

El hombre cerró sus ojos y dejó nuevamente de ver lo gris del paisaje. Se adormeció y pensó que probablemente todo era un sueño. Que la estación Wallaby no existía más que en su imaginación.

La rutina de la noche y del amanecer (nuevamente lloviendo) se sucedió rapidamente. Tenía ganas de ver si a la ida pasaban nuevamente por la estación. La búsqueda fue infructuosa. Nada ocurrió. Evidentemente era un sueño.

Por la tarde nuevamente viajó amodorrado. Y nuevamente vio la estación. La hermosa mujer con los ojos lo invitó a bajar. Él la recordó como era hace muchos años. Como la soñaba algunas noches. No pudo resistir la tentación y se levantó rápidamente. Bajó los peldaños de la escalera que lo acercaba al andén.

Allí estaba la mujer. Era Edna pero en sus juveniles años en que se conocieron. Él también se sentía joven. Delgado y con pelo nuevamente. Los niños sonreían a su alrededor. El aroma a flores y a primavera lo envolvió. Los colores eran maravillosos. La felicidad que no sentía desde hacía muchos años se apropió de su persona.

Tomó de la mano a la mujer y se perdieron en el suave paisaje de colores pasteles y aromas de primavera.

El tren frenó bruscamente. La gente horrorizada no atinaba a entender por qué ese señor mayor se había tirado del mismo cuando estaba en plena marcha. Por uno de esos azares el tren lo había arrollado destrozando su cuerpo casi antes de terminar su caída, en medio del desolado terreno vacío.

Pronto llegó la camioneta de la funeraria. En su caja podía leerse claramente: "Wallaby & sons - Funeral Pomps - The Good Rest". Levantaron lo que quedaba del cuerpo del hombre y lo llevaron a su última morada.


viernes, 28 de noviembre de 2008

Como empezó todo


Fue un día como tantos otros. O al menos eso creía. Nunca pensé que ese día me marcaría de tal manera.

Primavera de 1975, se aproximaba el fin de clase. Séptimo grado, éramos grandes. No había necesidad de estudiar tanto. Si la maestra ni siquiera nos tomaba lección. Nos la pasábamos vendiendo alfajores y rifas para el viaje de fin de curso. No nos dábamos cuenta de que pronto la noche más cerrada abrasaría a una gran parte de los argentinos. Éramos chicos.

Yo no era mucho de ir a jugar a la pelota. Algunas veces cruzaba Perú y me juntaba con los pibes de la cuadra a jugar. La vereda de Perú que daba a mi casa era angosta. Era la vereda impar. Allí no se podía. En cambio la vereda par era ancha y además tenía autos estacionados perpendicularmente a la calle. Eso era un paraíso para jugar ya que no había peligro alguno. En la puerta del negocio de Don Alberto que vendía caramelos, bombones y café, o en la florería, donde ahora hay un lavadero, jugábamos a la pelota, a la mancha, a las escondidas o a cachurra.

En esos días Javier, que vivía en frente de mi edificio, me había metido en la cabeza la idea de ir a la biblioteca pública que estaba en México entre Perú y Bolívar. Esa que ahora está cerca de Libertador y Pueyrredón. La otra era hermosa, húmeda, antigua, bah, recontra vieja. Nada que ver con la que hicieron hace un tiempo. A esa íbamos seguido a pasar las tardes leyendo los libros de la colección Robin Hood o de la serie Billiken. A la nueva no fui nunca. Minga voy a ir. ¿Para que? No debe ni puede tener la magia que tenía la vieja. Una cagada debe ser.

Esa tarde fui solo. Vagaba por los estantes llenos de libros. Algunos con polvo de décadas, otros ajados de tanto manoseo. Creo que leí por decimocuarta vez el quinto capítulo de "Los Robisones Suizos" (¿o eran Robinsones?). De pronto lo veo... Pero... ¿que hace acá ese libro de formato tan extraño?

Yo ya había visto su tapa varias veces en el kiosco de diarios que estaba en la esquina de Perú y México. Sobre la vereda angosta. Que ahora está ubicado en diagonal a aquella, en una vereda ancha a los pies de un edificio con vidrios enormes que está justo en la esquina.

Los diareros, hermanos ya fallecidos, traficantes de sustancias generadoras de tanta dependencia durante mi niñez como fueron esas Novaro, esas Billiken, esos Anteojitos y Antifaces que tanto me entretuvieron.

Los diareros, decía, (¿uno se llamaba Juan?) la tenían en exposición y yo cada vez que volvía de la escuela, pasaba me compraba una Patoruzú, o un Pif-Paf o El Tony y miraba su tapa extrañado y pensando qué clase de publicación sería... Parecía para grandes, de difícil lectura...

Ahora la tenía enfrente de mis ojos y apenas me animaba a tocarla. ¿Que hago? ¿La saco? El primer impulso al que cedí fue ojearla.

Y bueno dije, ya que estoy la veo...

Dicho y hecho. La saqué y empecé a dar vueltas sus hojas. La primera sorpresa es que no era un libro como yo había pensado hasta ese momento. Era un libro de historietas. No un comic como le dicen ahora, sino una historieta. De las de antes. Eso la acercaba más a mí. Lo siguiente que me llamó la atención era su procedencia. Era argentina. Se le notaba por los dibujos de las casas, las calles y la gente en general. Era de acá. Pero yo ya estaba acostumbrado. Si leía seguido el Tit-bits y el Pif-Paf. Las de Columba eran más internacionales. Pero las otras, las de la Editorial Record eran más locales.

Bueno, la cosa es que me senté y empecé la lectura.

A medida que leía me iba metiendo más en el tema. Al final se hicieron las siete de la tarde y la biblioteca ya cerraba. Así que no me quedaba otra que irme a mi casa y seguir al otro día. “Maldición” pensé. Me quedaría con la intriga de lo que les pasaba a esos personajes tan interesantes.

Demás está decir que al otro día, apenas salí de la escuela me fui volando a la biblioteca. Yo en esa época, iba a la Victoriano Emilio Montes, que estaba en Perú y Estados Unidos. Así que las cuatro cuadras las hice volando.

Mi primer temor era que se hubieran llevado el libro o que lo hubieran elegido antes de que yo pudiera llegar. Pero no, ahí estaba en su estante, esperándome justo donde yo lo dejara la tarde anterior.

Bueno, ¿dónde nos habíamos quedado? Ah, sí, en la parte en que....

Y me metí nuevamente en la vida de esos bonaerenses que vivían la aventura más fabulosa que se pudiera creer.

Entonces vino mi primera decepción. Ya que soy de la contra. Pero bueno, digamos que la historia era tan buena que se les perdonaba cualquier cosa. Además la acción, aunque el lugar no lo mereciera, estaba muy bien contada. Años después me di cuenta que el dibujante era archirrival mío en ese tema. Por lo tanto él había elegido el escenario adecuado según su criterio. Aunque yo hubiera preferido el otro lugar para inmortalizar.

Pero esos dibujos tan detallados eran excelentes. Ese guión era maravilloso. Esos blancos y negros eran mejor que cualquier color que yo hubiera visto antes.

A los autores no los conocía porque nunca le había prestado atención a los créditos de las historietas. Eso vendría después. Cuando las leyera de otra manera. Ahora lo que veía era la aventura. Y esta historieta tenía aventura por demás.

Los personajes eran gente común. De barrio. Familias y amigos que sobrevivían al peor caos imaginable. Esos lugares del centro, tan detallados y que yo reconocía por haber caminado con mi viejo tantas veces. Luego la destrucción total. Aún recuerdo lo que me sacudió y me conmocionó verlo.

Pero nada me sacudió tanto como el final. Abierto pero duro como una sentencia de muerte. Filoso. Cortante. Todo ocurriría inexorablemente. Como una profecía del Apocalipsis. Tanto me conmocionó que cuando volví a casa, más tarde que el día anterior, le conté a mi viejo detalladamente lo que había leído.

Recuerdo que él me dijo que también lo había leído cuando salió a principios de los '60 en entregas periódicas. Entonces respiré aliviado. Nunca había ocurrido y era posible que nunca ocurriera. Pero mi ansiedad no tenía fin. Tenía que comprarlo. Después de todo mi viejo lo había aprobado y a él también le gustaba según me dijo.

Así que me puse en campaña para conseguirlo. Pero los diareros ya no lo tenían. De todos modos lo podrían conseguir si tanto lo quería. Era caro.

Por fin un día, uno de los diareros (¿Juan?) me lo entregó. No lo podía creer. Tenía un ejemplar y era mío. Fue el origen de todas las versiones y continuaciones que vendrían después. Y que yo religiosamente leería. Pero este era el primero, el mejor.

Por fin tenía en mis manos el primer tomo de El Eternauta.

Esto va dedicado a Javier, a Juan (?), a la
biblioteca pública de Perú y Bolívar, a Don
Alberto, a mi niñez, a Oesterheld y a todos los
que como ellos ya no están más… Ah, y a
Solano López que sigue estando.

Marcelo H. Piñeiro

lunes, 17 de noviembre de 2008

Noche

por el Sr. Cairo

Salió de la planta como todos los días. Sólo que un poco más tarde. Eran las ocho de la noche. En pleno invierno, a esa hora la oscuridad era absoluta.

Saludó al personal de seguridad que cuidaba la entrada. Pasó la primera puerta, se identificó como personal de la planta y le habilitaron el paso a la segunda puerta. Mostró el interior de su maletín, entonces una chicharra y el click característico le indicaron que podía abrir la segunda puerta. La que daba a la calle. Ya en la pequeña vereda apenas invadida con algo de pasto, respiró el aire helado y tuvo el primer escalofrío al presentir lo que podía pasar. Pero bueno, no se puede vivir con miedo, supuso.

Cosa curiosa. Ambas puertas de salida, la primera que habilitaba para pasar al pasillo de los guardias y la segunda, que permitía el acceso al y desde el exterior eran enrejadas. El mismo patio de la planta estaba al aire libre. Pero el frío lo sintió cuando salió a la calle.

Caminó los veinte pasos que lo separaban de la parada del colectivo. La noche cerrada lo envolvió. Apenas estaba la fuerte luz, sobre la entrada de la planta.
Una vez en la parada esperó, esperó. Esperó casi veinticinco minutos que viniera el colectivo. Después tendría que tomar el tren que lo llevara a Chacarita y de allí otro colectivo hasta su hogar en Parque de los Patricios. Su familia lo esperaba. Como él esperaba el colectivo.

Sentía el temor lógico por las cosas que estaban sucediendo últimamente. Sabía que aprovechaban a atacar a los que esperaban en la calle. Se abalanzaban sobre su presa desde una camioneta. O a veces un ciclista distraído era una de las bestias que atacaba. La salida de la luna abría la hora de la caza. Lo importante era que no le cerraran el camino a la entrada de la planta. Los guardias podrían protegerlo abriendo las puertas y cerrándolas tras de sí. Pero si le cerraban el camino estaba perdido. Nadie saldría a defenderlo.

Bestias. Los diarios ya les habían dado un nombre. Bestias les llamaron. Nada más apropiado el calificativo.

A pesar de que el patio de la planta era abierto, no se animaban a atacar allí adentro. Vaya uno a saber por qué, pero era así. Tampoco atacaban de día. Siempre debía ser por la noche. Bueno, pero eso era lógico. Pensó.

De repente los vió venir. Una camioneta con tres personas. Una maneja, dos en la caja.
“Mierda”, pensó “lo importante es que no me cierren el camino a la planta”. Sintió tanto miedo que no se animó a moverse.
La camioneta se detuvo cerca de la parada. En el semáforo. Pensó que ahora lo atacarían. Pero no. En la camioneta se notaron las caras asustadas. Claro, también hubo algunos que, haciéndose pasar por gente común que espera el colectivo, efectuaban ataques hacia pacíficos ciclistas, motociclistas o automovilistas que se detenían en el semáforo en la esquina de la planta.
“Si esto sigue así, en el futuro nadie se detendrá en el semáforo” piensa.

Finalmente a lo lejos, a unas dos cuadras, la sombra bamboleante del tres veintiocho. “Apurate” pensó. Tardaba en venir... Miraba al cielo, a los costados... nunca se sabe de donde vienen.

El colectivo ya estaba en la esquina. Venía lento. Bamboleándose al compás de los baches y las cunetas. Tardaba. “Vení de una vez... boludo”.
“Ya llega, ya llega...”. Ya estaba a mitad de cuadra. Extrañamente oscuro en su interior. A veces venían así en la provincia. Eso le molestaba particularmente porque le impedían leer. Parecían boliches. Hasta luz azul tenían algunos.

El colectivo se detuvo y abrió su puerta delantera. El chofer ni miró. Esperó a que subiera de una vez. En los primeros escalones se dio cuenta de que estaba más oscuro que de costumbre. “Bueno”, pensó, “no voy a poder leer. Tendré que conformarme con la radio. Si al menos jugara Boca”.

- Setenta y cinco... - Se escuchó decir. Le pareció que hasta hubo un cierto eco en el pesado silencio del ambiente. La puerta se cierra detrás de él con el zumbido neumático característico. El colectivo arranca... está cruzando la avenida Márquez, el Camino de Cintura... él camina por el pasillo según el pronunciado vaivén. Alguien duerme en el último asiento. Hay unas seis o siete personas en el vehículo.

¿Personas? Los seres humanos no tienen esa mirada de ojos rojos como carbones encendidos en la oscuridad... ni se abalanzan sobre uno relamiéndose. Tampoco tienen esa palidez artificial, ni las ojeras que resaltan en el blanco de su cara, ni los dientes afilados, blancos, relucientes. Algunos hasta tienen manchas de sangre en ellos. Sangre que se les resbala por la comisura de los labios. Sangre de ese que parece dormir pero que ahora se nota que es la última víctima de esa jauría vampírica.

Lo último que nota es el hedor. El aliento acre del primero que se le aproxima. El olor a sangre seca, a carne podrida de varios días. El olor a la muerte.

Luego la gran oscuridad... Y a cazar nuevas víctimas. Para hacer nuevas bestias.

Fin